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Prologo

En el Umbral de la Muerte

Irene

Diciembre de 1981

Las luces fluorescentes de color azul encima de la mesa quirúrgica imprimían una suave tonalidad verdosa en la piel bronceada de la mujer Indio- Americana que con con su ligera respiración llenaba de sonidos la ya tensa habitación. Gotas de sudor se alineaban alrededor de su frente. Aunque la habitación era fría y estéril la mujer sudaba. Y aunque carezca de sentido, ese sudor era lo último que preocupa a los allí presentes.

Ya estaba en camino una ambulancia. Irene contemplaba a la joven mujer, mientras se paseaba de un lado a otro cerca de la puerta de salida. La paciente permanecía extrañamente quieta.

“Gracias a Dios sigue viva,” se dijo a sí misma. Era sólo de milagro, y posiblemente se debiera al antibiótico que acababa de inyectar en la vena de la joven mujer que seguía viva.

Los dos doctores que debían haberla atendido estaban gritándose uno al otro en algún lugar distante. Irene podía apenas percibir el olor de cigarrillos. No le sorprendería en lo más mínimo que el médico encendiera un cigarrillo en un momento como éste.

Esto estaba mal, esto estaba terriblemente mal. El era un médico y no se suponía que cometiera esta clase de errores; sin embargo, de algún modo falló y ahora la vida de la mujer estaba en vilo.

Irene oró para que la ambulancia llegara rápido. No le quedaba mucho tiempo de vida, de eso estaba segura. La mano de la paciente se posó en su redondo vientre de manera inconsciente. Estaba murmurando. El efecto del medicamento empezaba a desvanecerse. No les quedaba mucho tiempo.

El tiempo parecía ir tan lento, nada parecía real. Esta tenía que ser una pesadilla. Por instinto, Irene se acercó a la mesa y acarició la frente de la mujer. “Sssshh. Ssssshh. Está bien. Todo va a estar bien.” Los ojos de la paciente no se abrieron pero su mano seguía sobre su vientre.

Incapaz de esperar por más tiempo, Irene abrió la puerta del quirófano y se asomó al pasillo, el sonido apenas perceptible de sirenas crecía a la distancia.

Ya vienen.

Se podía escuchar a los dos doctores gritando en la oficina. Discutían sobre qué harían. Esto no debía haber sucedido. Uno de ellos gritaba que él no sería arrestado. El no iría a prisión por esto. El otro doctor, el esposo de Irene le gritaba que se calmara, que todo iba a estar bien.

Pero ella sabía que todo eso era mentira. Ambos casi habían matado a alguien. Si ella no hubiera intervenido, probablemente habrían asesinado a una mujer inocente. En lo que a los médicos concernía, matarla hubiera sido mucho más fácil, que permitirle seguir viva. Si vivía probablemente habría una investigación, pero eso era ir demasiado lejos. Irene no permitiría un asesinato en su clínica, lo cual era una ironía considerando que su clínica se estableció para llevar a cabo abortos, pero ella no iba a permitir que su esposo matara a una mujer inocente. En ese momento crítico, ella optó por intervenir. Le administró antibióticos a la paciente y la mantuvo con vida. En lo que respecta a la ley, debería ser considerada una heroína al salvar la vida a una mujer. Y no sólo eso, sino que era muy probable que hubiera salvado al bebé también.

Ellos no tenían idea del tiempo de gestación que la mujer tenía cuando le hicieron la cita para el procedimiento. El bebé estaba atravesado y su vientre era pequeño. Cuando la midieron con la cinta métrica no había forma de saberlo. La mujer estaba bien avanzada en su tercer trimestre de gestación, pero ella nunca se los dijo. Ella había mentido y ahora era demasiado tarde para descubrir la verdad. Su bebé ya estaba por nacer, los abortos tardíos eran ilegales y tenían una situación delicada en sus manos.

La sirena se tornó ensordecedora a medida que se acercaba al parqueo y la estacionaban. La ambulancia estaba ahí. Hubo un fuerte golpe en la puerta del frente, mientras se escuchaba a uno de los doctores salir del edificio por la puerta trasera. No cabía dudas, si esta mujer iba a vivir, Irene tendría que ser quien la salvara.

Tomando la única decisión que consideró posible, Irene corrió a la puerta del frente y dejó entrar a los paramédicos. “Por favor, síganme”, los urgió. “Entró en labor de parto, pero nosotros no sabíamos, simplemente no sabíamos.” El equipo de emergencia se desplazó para pasar el cuerpo de la mujer de la mesa a la camilla. Ella estaba cada vez más coherente y empezaba a llorar y gritar del dolor.

Irene cerró los ojos al ser empujada por los paramédicos que pasaban junto a ella para llevar a la mujer a la ambulancia. Aspiró profundo, intentando suspirar de alivio. Se terminó, estaba a salvo. Con tantos procedimientos como ella había visto en el curso de su vida, estaba casi segura de que la mujer se salvaría. Su bebé sería prematuro, pero con casi treinta y dos semanas las probabilidades de que el bebé sobreviviera eran altas.

Por una milésima de segundo, en medio del silencio todo parecía estar en quietud y bajo control. Le tomó un minuto entender porqué su esposo había salido a prisa azotando la puerta del frente.

Se había ido. La paciente se había ido, ¿cuál era el problema?

Fue entonces cuando Irene vio a través de la ventana las luces azules y blancas de la patrulla y la gran antena de la camioneta de noticias que estaba estacionada al lado de ella.